lúcidos y atentos, jamás esclavos
hola. hoydía, según la prensa al uso, solo caben dos posturas que, en términos existenciales, vienen a ser la misma: o creemos en el apocalipsis, en todas sus variantes sistémicas, o nos integramos en la desintegración. la maniobra es hábil. qué digo hábil? habilísima. como nuestro impulso erótico es siempre una pizca más ansioso que el tanático, lo que todos hacemos en este mundo orbitado por un discurso dominante tan terso como impenetrable es lanzarnos de cabeza al apocaliptismo, toda vez que se nos presenta como única alternativa a la desintegración. si el apocalipsis se avecina, cualquier fórmula que nos regale un plus de tiempo es bienvenida. y si son dos al precio de una, mejor.
así que, una vez lograda la conversión evangelizante (y pensar que hasta hace un mes nos resistíamos con hidalguía) a fuerza de números áulicos lanzados con brechtiana maestría sobre un fondo azul prusia inalcanzable, se nos ofrecen varias fórmulas purificadoras de probada eficiencia científica. la ciencia ante todo, y bien desinfectada. una, la más evidente, es el confinamiento o arresto domiciliario computerizado (ADC?). todo aquel que disponga de cucha, a meterse dentro. si esa cucha está conectada con La Red, ya se encargarán de conectarla. poco a poco el universo mundo se va para la cucha, incluso en esos países donde mucha gente carece de ella (v. imágenes de la policía india cagando a palos a los destechados). ahí, la dialéctica es más brutal: o apocalípticos o apaleados. es verdad que algunos pocos líderes iluminados se resisten a recluir a su gente, es decir, a parar la producción, y están dispuestos a que tánatos se encargue de eros en tiempo récord, pero cuánto durarán? cuando quieran darse cuenta de que la onda era otra, estarán más infectados que el primer pangolín de wuhan.
bien. ya estamos evangelizados y en la cucha. no todos, pero el número es suficientemente significativo como para irnos vendiendo otras fórmulas subalternas de redención. en primer lugar, se nos impone un nuevo paradigma de culpas, méritos y castigos. nuestros mártires ya no son los mismos, nuestros héroes son otros. nuestra culpa no es la de haber participado pasivamente en la degeneración del planeta y mirar hacia otro lado mientras se nos derretía el casquete meníngeo sino la de no ser capaz de lavarnos las manos debidamente para no contraer y diseminar una enfermedad invisible y, en muchos casos, letal. el enfermo no causa empatía sino inquietud y un odio soterrado. las pestes son así, se les ponen cascabeles a los leprosos, bonetes a los locos, marcas a fuego a las mujeres embrujadas. seguramente por eso mucha gente que sospecha de sus síntomas los esconde hasta que salta la evidencia. instalada la culpa, desviada la atención hacia las estadísticas y los contenidos "hedonistas" de la red viral, aceptado el nuevo orden de jerarquías simbólicas, ya estamos en disposición de pasar oficial y técnicamente al meritorio estadío siguiente: el de cobayas voluntarias.
nuestra primera prueba, superada con nota, fue la epopeya del papel higiénico. allá donde lo hay, claro. es decir, donde parece que no lo hay pero haberlo, haylo. era crucial hacerlo bien y por suerte lo hicimos, demostrando así nuestro intacto sentido cívico. la cobaya no solo tiene que tener cuatro patitas, bigotes y una cola larga sino además una innata vocación de deber. no basta con el sentido gregario: a la cobaya se le pide sobre todo responsabilidad particular. si todas se tiran por la ventana y yo me quedo atascada y no caigo, me salvo? no, eso a la estadística no importa; lo que le importa es que yo haya deseado tirarme. la estadística, como el diablo el alma, necesita nuestro deseo, porque solo nuestro deseo es significativo de algo. y no lo necesita para satisfacerlo sino todo lo contrario: para exacerbarlo, para llevarlo a límites civilizadamente paroxísticos. así que ya nos tienen en las cuchas o jaulitas con rueda incansable, evangelizados y deseosos. no a todos, insisto, es cierto, pero ya llegaremos a ese punto. porque ese es justamente el punto: los que no están donde los quisieran. qué hacer con ellos? sobre todo cuando hoydía todo lo que se haga allí se sabe aquí y a veces viceversa. aunque eso ahora está cambiando, no? nuestra sensibilidad social, recuerdan?, está cambiando, si no cambio ya del todo. ahora se trata del virus, las muertes, el contagio, el vaivén de la economía. concentración, cobayas, por el amor de dios.
si alguien quería tirar un cohetito, es el momento. si alguien quería rebajar la edad media de la sociedad, es el momento. si alguien quería balancear la relación de pacientes crónicos y producción farmacológica, es el momento. si alguien quería deshacerse de sus trabajadores, es el momento. si alguien quería planificar un futuro infernal, es el momento. si alguien quería divertirse viéndonos bailar como ratones ciegos...
habrá que sobrevivir a esto para hacerle frente a la maldad que se viene. ni apocalípticos ni integrados: lúcidos. y atentos. lúcidos y atentos, jamás esclavos.
así que, una vez lograda la conversión evangelizante (y pensar que hasta hace un mes nos resistíamos con hidalguía) a fuerza de números áulicos lanzados con brechtiana maestría sobre un fondo azul prusia inalcanzable, se nos ofrecen varias fórmulas purificadoras de probada eficiencia científica. la ciencia ante todo, y bien desinfectada. una, la más evidente, es el confinamiento o arresto domiciliario computerizado (ADC?). todo aquel que disponga de cucha, a meterse dentro. si esa cucha está conectada con La Red, ya se encargarán de conectarla. poco a poco el universo mundo se va para la cucha, incluso en esos países donde mucha gente carece de ella (v. imágenes de la policía india cagando a palos a los destechados). ahí, la dialéctica es más brutal: o apocalípticos o apaleados. es verdad que algunos pocos líderes iluminados se resisten a recluir a su gente, es decir, a parar la producción, y están dispuestos a que tánatos se encargue de eros en tiempo récord, pero cuánto durarán? cuando quieran darse cuenta de que la onda era otra, estarán más infectados que el primer pangolín de wuhan.
bien. ya estamos evangelizados y en la cucha. no todos, pero el número es suficientemente significativo como para irnos vendiendo otras fórmulas subalternas de redención. en primer lugar, se nos impone un nuevo paradigma de culpas, méritos y castigos. nuestros mártires ya no son los mismos, nuestros héroes son otros. nuestra culpa no es la de haber participado pasivamente en la degeneración del planeta y mirar hacia otro lado mientras se nos derretía el casquete meníngeo sino la de no ser capaz de lavarnos las manos debidamente para no contraer y diseminar una enfermedad invisible y, en muchos casos, letal. el enfermo no causa empatía sino inquietud y un odio soterrado. las pestes son así, se les ponen cascabeles a los leprosos, bonetes a los locos, marcas a fuego a las mujeres embrujadas. seguramente por eso mucha gente que sospecha de sus síntomas los esconde hasta que salta la evidencia. instalada la culpa, desviada la atención hacia las estadísticas y los contenidos "hedonistas" de la red viral, aceptado el nuevo orden de jerarquías simbólicas, ya estamos en disposición de pasar oficial y técnicamente al meritorio estadío siguiente: el de cobayas voluntarias.
nuestra primera prueba, superada con nota, fue la epopeya del papel higiénico. allá donde lo hay, claro. es decir, donde parece que no lo hay pero haberlo, haylo. era crucial hacerlo bien y por suerte lo hicimos, demostrando así nuestro intacto sentido cívico. la cobaya no solo tiene que tener cuatro patitas, bigotes y una cola larga sino además una innata vocación de deber. no basta con el sentido gregario: a la cobaya se le pide sobre todo responsabilidad particular. si todas se tiran por la ventana y yo me quedo atascada y no caigo, me salvo? no, eso a la estadística no importa; lo que le importa es que yo haya deseado tirarme. la estadística, como el diablo el alma, necesita nuestro deseo, porque solo nuestro deseo es significativo de algo. y no lo necesita para satisfacerlo sino todo lo contrario: para exacerbarlo, para llevarlo a límites civilizadamente paroxísticos. así que ya nos tienen en las cuchas o jaulitas con rueda incansable, evangelizados y deseosos. no a todos, insisto, es cierto, pero ya llegaremos a ese punto. porque ese es justamente el punto: los que no están donde los quisieran. qué hacer con ellos? sobre todo cuando hoydía todo lo que se haga allí se sabe aquí y a veces viceversa. aunque eso ahora está cambiando, no? nuestra sensibilidad social, recuerdan?, está cambiando, si no cambio ya del todo. ahora se trata del virus, las muertes, el contagio, el vaivén de la economía. concentración, cobayas, por el amor de dios.
si alguien quería tirar un cohetito, es el momento. si alguien quería rebajar la edad media de la sociedad, es el momento. si alguien quería balancear la relación de pacientes crónicos y producción farmacológica, es el momento. si alguien quería deshacerse de sus trabajadores, es el momento. si alguien quería planificar un futuro infernal, es el momento. si alguien quería divertirse viéndonos bailar como ratones ciegos...
habrá que sobrevivir a esto para hacerle frente a la maldad que se viene. ni apocalípticos ni integrados: lúcidos. y atentos. lúcidos y atentos, jamás esclavos.
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