a la barata paradoja

por qué estamos dispuestos a dejar que nos gobierne una gentuza a la que no le prestaríamos ni un agujero en la media? no creo que sea un rasgo de pereza o irresponsabilidad, ni siquiera de cinismo. quizá en alguna gente sí lo sea; esa gente que siente cierto placer inescrutable en el hecho totalmente azaroso y efímero de encumbrar a un líder en lugar de otro. pero son los menos. la mayoría prefiere no distinguir entre un malote y otro, entre un burro o un inoperante y otro, entre un impresentable y otro: le basta con que el elegido sea un enano con pies de barro, un débil mental, un maníaco depresivo, un inofensivo y peligroso delincuente. por qué? por higiene cívica. por salud colectiva. por impulso vital.

el razonamiento es simple: cualquiera que pretenda representar mis intereses y anhelos y gobernarme para hacerlos efectivos merece de inmediato mi mayor desprecio y desconfianza y es indigno de mi simpatía. primero, porque es imposible que conozca mis aspiraciones, anhelos e intereses, que cambian constantemente y que me son esquivos incluso a mí, que soy su dueño. segundo, porque me parece gravísimo que ese ignorante de mis aspiraciones e intereses pretenda compatibilizarlos con los anhelos e intereses de otros, que tienen tanto derecho como yo a exigir que se satisfagan sus necesidades y no las mías, por ejemplo. y tercero, porque es de imbéciles esperar que alguien cumpla con promesas aporísticas de cuarta categoría.

los motivos no se acaban ahí pero esos bastan. de manera que, como alguien tiene que ejercer ese penoso papel y ponerse delante del pueblo y pretender que está trabajando en su beneficio, lo más sano es que elijamos para hacerlo a gente de la peor calaña, tanto moral como intelectual, a fin de que su fracaso no sea el nuestro porque los elegimos para que fracasaran, los elegimos para que dieran pena y asco, los elegimos para que hicieran las piruetas más inverosímiles en pos de una credibilidad que les está negada por definición: justamente se trata de que no podamos creerles ni los buenos días. la baja catadura moral de estos infelices es garantía de decepción, descontento y malestar, todos ellos sentimientos que fomentan las descargas simbólicas, tan necesarias para sobrellevar la dura vida diaria, y que nos permiten focalizar nuestra violencia en sujetos que merecen recibirla sin la menor sombra de duda.

así, pues, cuanto peor el candidato, más sana la población.
capítulo aparte merecen los inoperantes, viciosos y vendepatrias que pretenden gobernarnos sin ser elegidos. a esos habría que obligarlos a gobernar en poblaciones de uno, en las que el gobernado y el gobernante son uno y el mismo.

pero en lo que hace a la mediocre práctica democrática, la mejor opción es que gane el peor y abajo el estado. sólo así se puede vivir en paz cívica con uno mismo.

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