Un atajo cuántico


Un día, un tipo normal, la hago corta, un individuo común y corriente, sin siquiera un rasgo cómico o dramático, sin aristas o remilgos ni cierta tontería idiosincrática, como por ejemplo la de Carlos Argentino Daneri, descubre o cree descubrir, que es más o menos lo mismo, un atajo, un agujero de gusano express, un camino inmaterial que une el Bien y el Mal, que va de uno a otro sin impedimentos físicos o conceptuales. Se trata de un atajo fácilmente transitable, siempre que se conozca al menos una de sus dos bocas. Para ello hay que partir o del Bien o del Mal, es decir, entrar o estar previamente en uno de esos dos “lugares”. El problema del túnel, por llamarlo así, es que no permite detenerse en puntos intermedios, no se puede estar a medio camino del Mal o a medio del Bien sino en dirección expedita del uno al otro, de modo que el viajero transita la ambigüedad en un santiamén y acaba siempre recalando en absolutos. No hay medias tintas.
            El cerrojo que abre indistintamente las bocas a cada extremo es una parábola, una frase conocida, universal, digamos, una especie de “ábrete, sésamo” pero más elaborada y moralizante, que no vamos a repetir aquí porque entraríamos en loop, ustedes y yo, siempre y cuando la leyéramos estando ora en el Bien, ora en el Mal, claro. Como no sé si lo estamos o no, mejor no tomar riesgos. Además, el que sabe la frase es quien descubrió el atajo, no yo. Yo me limito a narrar. Ustedes a leer. Espero. Cada cual a lo suyo.
            El caso es que este sujeto, normal donde los haya, y al que vamos a llamar por su nombre, que es Pascual (el más corriente de los nombres corrientes) Gómez Alonso, es un ciudadano español. De Logroño. Aunque ya no vive ahí.
            Ahora vive en el Mal.

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