editorial

allá vamos otra vez. papaíto se volvió a pasar. papaíto es un maltratador clásico, un sujeto de mal beber. vuelve borracho a casa y nos pega a todos, del primero al último, incluidas mamá y la señora de la limpieza, que es extranjera, aunque el que más recibe siempre es el segundo. a papaíto le molesta cómo lo mira, cómo le habla, cómo se viste, cómo es; al segundo no le tolera nada, y eso que, todo sea dicho, es buen hijo. pero papaíto bebe y la toma con él. a veces lo intenta con el primero, pero con poca suerte porque ese habla menos, es más tosco y más robusto y es capaz de devolverle el tortazo. y aunque a ninguno de los dos se les entiende lo que dicen, el segundo se lo enrostra a papaíto todo el tiempo, y eso al maltratador lo enciende como luciérnaga furiosa, lo desmadra y despadra a la vez. así que va al bar a ponerse en pedo y poder pegar con la impunidad del embotamiento, o bien pega para poder ponerse en pedo con la inmunidad de saturno, hijo de cronos, toda una estirpe de comedores de hijos. y cada vez que papaíto vuelve en pedo y pega, y el segundo recibe más que nadie, los demás nos diluimos en la ambigüedad del miedo y el alivio, que nos vuelve miserables pero libres de los golpes del borrachín que, más ambiguo que nadie, después nos lleva a todos, del primero al último y –por más que rezongue– al segundo también, a comer un helado. pero, y aquí radica quizás la faceta más sutilmente perversa de papaíto, nadie puede pedir el sabor que más le gusta: así, si una quiere vainilla, le da mousse de ciruela, y si otro quiere pistacho, le da casata, que es una cosa horrorosa con fruta abrillantada dentro, y así sucesivamente, de modo que muchos comemos el gusto que querrían los otros y viceversa. pero nadie chista. como mucho, el primero emite un gruñido bajo, que no se sabe si es de placer o de rencor, y el segundo esboza una amplia sonrisa de asqueada superioridad moral mientras se traga el peor de los sabores de la heladería. y sin embargo, más de una mañana, asomados a la rendija de la puerta que da al escritorio, nos encontramos a los tres, papaíto, primero y segundo, haciendo cuentas y repasando números, que es la lengua vehicular entre ellos, en un ambiente casi se diría distendido y socarrón. a veces papaíto hasta les convida un habano, y la habitación se llena de un humo pegajoso que nos hace toser a todos. y como el humo, el helado cambiado y los palos nos caen, quien más, quien menos, a todos, nos sentimos unidos en la injusticia, en el desconcierto y en la insufrible cuadratura del círculo.

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