pequeña fábula atérmica
avanza el hombre de izquierda al baño maría por la avenida, mirando las vidrieras de camino a su manifestación de la semana. ve un par de zapatos que no le desagrada y una oferta de viaje a butantán. en el trayecto se le van cayendo fragmentos de discurso, jirones de materialismo dialéctico, migajas de conciencia social. su entusiasmo es tan grande como su hipoteca y el hilo musical de su vida es una mezcla de novecento, manu chao y waldo de los ríos.
detrás, a diez pasos medidos de distancia, lo sigue el esbirro del hombre de derecha moderada hasta el delirio. en un morral de dolce & gabbana va guardando los cachos de ideología que el hombre de izquierda hervida deja caer en su camino por descuido o nonchalance. luego los mandará por correo privado a una dirección en los barrios altos, donde la mucama filipina del hombre de derecha desafecta se los dará al perro, que es un yacaré de seis patas.
la manifestación es una fiesta de confraternidad y monocromía. se cantan consignas disrítmicas con el fervor de la pequeña aventura higienizante. hay banderas de color compota y pancartas que exigen el mañana y mucha infancia, que es el garante al uso de la pureza moral. en los edificios colindantes se esconden, detrás de ventanas estratégicamente opacadas, francotiradores desarmados, lo cual los hace tres veces más peligrosos, y fotógrafos de prensa. en un momento, el director de escena baja la mano y un grupo de ecuyéres con gorras de béisbol y mochilas eastpack se pone a tirarles piedras a los pájaros de la plaza. la policía se despliega y empieza la coreografía de turandot. nessun dorma.
con su cuota de lucha polifónica más o menos satisfecha, el hombre de izquierda desfogada y prolija se retira ya a su hogar en medio público. la moto ha quedado durmiendo en el garaje. en el vagón del subterráneo se codea con propios y ajenos, y todos bajan la vista hacia la pantalla del teléfono, en busca de nuevas instrucciones de vida. justo antes de llegar a casa, un coche de altas prestaciones se salta un semáforo en rojo y el hombre de izquierda espolvoreada tiene una epifanía en la que se fantasea denunciando al conductor en la comisaría más próxima, rodeado de ponies y coliflores.
tres meses más tarde, un mandato judicial levanta de las pestañas al hombre de izquierda luxada en el codo y lo traslada directamente al juzgado, donde se muerde las uñas en los calabozos ad hoc. lo acusan de todo y nada, y en especial de nada, lo cual lo deja al desamparo de la ley. tiene amigos y recursos pero al juez no le sirven, porque es de mármol. la prensa no se hace eco; a fin de cuentas, el hombre de izquierda inconsolable no es nadie ni ha cometido ningún delito apetitoso. más le valdría haber mordido en la garganta a un pitbull o incumplido sus obligaciones tributarias, pero no, él es gente de aloe y quinoa.
así las cosas, se presenta en el penal, donde ya han trasladado al hombre de izquierda inocua, un albacea del hombre de derecha reconcentrada sobre sí misma que paga una fianza no fijada previamente. el juez de arena y porlan se ata a un mástil mientras el secretario firma el acta al son de las canciones de los beatles al revés con mensaje satánico. el hombre de izquierda con dermatitis queda libre, pero no por obra de dios sino de un capricho literario: resulta que él y el hombre de derecha mesentérica son hermanastros astrales. uno lo sabía, el otro no. pero qué más da. al fin y al cabo, todo se pierde, nada se transforma, y la entropía entra y sale como juan 23 por su casa, dejando un reguero de escórpora.
una noche, de regreso de un cine club sobre el fin de los fines, el hombre de izquierda autorreconciliada consigo misma se cruza con un grupo de adolescentes prepúberes que manipulan algo que le resulta familiar: son los restos masticados por el reptil de su ideología perdida. sabe que si se les aproxima e interpela lo apuñalarán con metonimias de marca, así que se aleja turbado como un padre que ha descubierto que sus hijos saben que es sonámbulo y a partir de ahí todo irá a peor. cosa que efectivamente sucede: una vez en casa, se prueba los zapatos que le habían gustado al principio, recuerdan?, y resulta que no son su número. cómo es posible, si se los probó en la zapatería. entonces recuerda que no, que no llegó a probárselos porque el empleado le contó que antes era maestro jamonero pero lo tuvo que dejar porque se cortó el pulgar en un descuido y ahora sólo podía hacer el gesto de todo bien con la mano sana, y una cosa lleva a la otra y se hicieron las tantas y al final iba a tener que volver y cambiar los zapatos, suerte que no había perdido el ticket.
detrás, a diez pasos medidos de distancia, lo sigue el esbirro del hombre de derecha moderada hasta el delirio. en un morral de dolce & gabbana va guardando los cachos de ideología que el hombre de izquierda hervida deja caer en su camino por descuido o nonchalance. luego los mandará por correo privado a una dirección en los barrios altos, donde la mucama filipina del hombre de derecha desafecta se los dará al perro, que es un yacaré de seis patas.
la manifestación es una fiesta de confraternidad y monocromía. se cantan consignas disrítmicas con el fervor de la pequeña aventura higienizante. hay banderas de color compota y pancartas que exigen el mañana y mucha infancia, que es el garante al uso de la pureza moral. en los edificios colindantes se esconden, detrás de ventanas estratégicamente opacadas, francotiradores desarmados, lo cual los hace tres veces más peligrosos, y fotógrafos de prensa. en un momento, el director de escena baja la mano y un grupo de ecuyéres con gorras de béisbol y mochilas eastpack se pone a tirarles piedras a los pájaros de la plaza. la policía se despliega y empieza la coreografía de turandot. nessun dorma.
con su cuota de lucha polifónica más o menos satisfecha, el hombre de izquierda desfogada y prolija se retira ya a su hogar en medio público. la moto ha quedado durmiendo en el garaje. en el vagón del subterráneo se codea con propios y ajenos, y todos bajan la vista hacia la pantalla del teléfono, en busca de nuevas instrucciones de vida. justo antes de llegar a casa, un coche de altas prestaciones se salta un semáforo en rojo y el hombre de izquierda espolvoreada tiene una epifanía en la que se fantasea denunciando al conductor en la comisaría más próxima, rodeado de ponies y coliflores.
tres meses más tarde, un mandato judicial levanta de las pestañas al hombre de izquierda luxada en el codo y lo traslada directamente al juzgado, donde se muerde las uñas en los calabozos ad hoc. lo acusan de todo y nada, y en especial de nada, lo cual lo deja al desamparo de la ley. tiene amigos y recursos pero al juez no le sirven, porque es de mármol. la prensa no se hace eco; a fin de cuentas, el hombre de izquierda inconsolable no es nadie ni ha cometido ningún delito apetitoso. más le valdría haber mordido en la garganta a un pitbull o incumplido sus obligaciones tributarias, pero no, él es gente de aloe y quinoa.
así las cosas, se presenta en el penal, donde ya han trasladado al hombre de izquierda inocua, un albacea del hombre de derecha reconcentrada sobre sí misma que paga una fianza no fijada previamente. el juez de arena y porlan se ata a un mástil mientras el secretario firma el acta al son de las canciones de los beatles al revés con mensaje satánico. el hombre de izquierda con dermatitis queda libre, pero no por obra de dios sino de un capricho literario: resulta que él y el hombre de derecha mesentérica son hermanastros astrales. uno lo sabía, el otro no. pero qué más da. al fin y al cabo, todo se pierde, nada se transforma, y la entropía entra y sale como juan 23 por su casa, dejando un reguero de escórpora.
una noche, de regreso de un cine club sobre el fin de los fines, el hombre de izquierda autorreconciliada consigo misma se cruza con un grupo de adolescentes prepúberes que manipulan algo que le resulta familiar: son los restos masticados por el reptil de su ideología perdida. sabe que si se les aproxima e interpela lo apuñalarán con metonimias de marca, así que se aleja turbado como un padre que ha descubierto que sus hijos saben que es sonámbulo y a partir de ahí todo irá a peor. cosa que efectivamente sucede: una vez en casa, se prueba los zapatos que le habían gustado al principio, recuerdan?, y resulta que no son su número. cómo es posible, si se los probó en la zapatería. entonces recuerda que no, que no llegó a probárselos porque el empleado le contó que antes era maestro jamonero pero lo tuvo que dejar porque se cortó el pulgar en un descuido y ahora sólo podía hacer el gesto de todo bien con la mano sana, y una cosa lleva a la otra y se hicieron las tantas y al final iba a tener que volver y cambiar los zapatos, suerte que no había perdido el ticket.
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