política y seriedad

cada cual carece de algo básico: yo de seriedad. es un déficit vitamínico, tal vez hereditario, tal vez cultural, nunca se sabe. el niño nació con carencias, señora. y no hay nada que podamos suministrarle? pruebe con estas píldoras, pero no le aseguro nada.

cuestión que, muchos lustros después, sigo careciendo de ello. no soy serio. no soy serio. lo cual que no puedo aspirar a según qué cosas, tales como capitanear un transatlántico o dirigir un banco. mi inhabilitación se extiende, por supuesto, a la política. nadie puede ejercer ningún cargo político o aspirar siquiera a hacerlo con una carencia significativa de seriedad como la mía. estaría todo el día burlándome de mis electores, dejándolos en dulce ridículo, ausentándome cuando debería aparecer y viceversa, poniéndome disfraces inaceptables o riéndome simplemente de todo todo todo. y eso no lo hace un político. en el genoma del político la seriedad es uno de los componentes imprescindibles, quizás hasta podría decirse que es EL componente. un político serio es un político de verdad. alguien dispuesto a no sacarse el traje inclusivo (antes unisex) si no es por razones más serias aún que las que lo llevaron a ponérselo; alguien que antepone su deber a cualquier otra eventualidad y que hace frente a las adversidades sin torcer el gesto.

ahora que pienso, el perfil del político y el del militar no difieren mucho. tampoco el del sacerdote de cultos homologados. de modo que tampoco podría yo aspirar a ninguna de esas ocupaciones. el militar no puede dedicarse a matar como si fuera un juego, una diversión, un pasatiempo hilarante o simplemente simpático; y el sacerdote no puede dedicarse a la fe y los asuntos espirituales de sus fieles si lo único que se le ocurre todo el tiempo son chistes sobre la divinidad o la trascendencia de la vida y la muerte. un sacerdote no puede tirarse un pedo desde el púlpito, cualquiera sea su confesión. un militar no puede pisharse de risa mientras descarga bombas sobre el enemigo, cualquiera sea su índole. no sería serio.

pero volvamos a los políticos, que son esos sujetos que en definitiva elegimos para que actúen con seriedad en nombre nuestro. lo que esperamos de ellos es seriedad, compostura, estómago. no les pedimos inteligencia, pues ya la perdieron –si la tenían– en el instante en que les pasó por la cabecita que podían representarnos a los jocosos y poco serios que los votamos; ni siquiera les pedimos coherencia, que vendría a estar unos grados por debajo de la inteligencia. les pedimos seriedad. que se pongan la corbata o el trajecito de rigor, que digan cuatro frases mal aprendidas pero serias, que soporten sobre sus estrechos hombros todo el peso de su vergüenza y la nuestra, que para eso les pagamos. y, sobre todo, les pedimos que no se anden poniendo lacitos y pañuelitos de colores como si fueran boiescauts del carlismo multicolor, que no se insulten o digan cosas feas entre ellos, que queda poco fino, que no anden rompiéndose los simbolitos como niños de kindegarten, que callen cuando no entienden, que es casi siempre, que no hagan chistes malos, que el humor es cosa frágil y no puede estar en manos de cualquiera, y que se vayan por donde vinieron si no son capaces de portarse bien.

para portarnos mal estamos los que los sufragamos. ah, y otra cosa: que pongan cara de vinagre todo el tiempo, como si el palo en el culo lo tuvieran ellos y no nosotros. seriecitos y discretos, y no drogados y babosos. s'il te plaît.

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