sobre política y Mal, material para el whatever
dado el poco sustento político, o sea real, o sea carnal, de las ideologías, que a duras penas superan los estadíos estético y –con mucha mayor dificultad pero más boato– ético, quizás la única diferencia sensible que podamos establecer hoy por hoy entre eso que llamamos ser de izquierda o ser de derecha se encuentre en el plano de lo onírico: si en algo difieren una y otra, reformulo, si en algo diferimos los que nos acomodamos a izquierda o derecha, y esto sin entrar en mucho detalle, es en nuestras utopías.
en los sueños de quienes se declaran de izquierda o simpatizan con ese campo tan vasto como indefinido, el Mal (no ya la maldad) tendería a acercarse a cero: en un mundo perfecto de izquierda, la reducción del Mal a la mínima potencia es condición y anhelo. no tendría sentido exigir a la gente notables sacrificios materiales a cambio de un bienestar general precario e incompleto; ya que soñamos, soñemos con todos los chiches. esa promesa de redención, que el capitalismo no ofrece (a pesar de lo que benjamin dixit, el capital no te condona la deuda ni muerto), parecería ser de índole religiosa. yo creo que no da para tanto, porque la fe para las posturas de izquierda no está arraigada en la idea de felicidad eterna sino en la de justicia distributiva, es decir, en la de un purgatorio autogestivo.
por contra, en las utopías de los individuos de derecha (ojo que no hablo de partidos sino de personas y seres) nunca, ni siquiera en las más benévolas, se prescinde del todo del Mal; aínda mais, casi podría decirse que el Mal forma parte de los requisitos para que la utopía se cumpla: no sólo es un componente imperecedero sino que, además, tiene un carácter instrumental. el paraíso del capital o sucedáneos en la tierra resultaría impensable sin un infierno que eche hulla en las calderas.
de tal manera, bastaría con preguntarle a cualesquiera sujetos sueltos por ahí cuáles son sus sueños sociales más luminosos y radicales para saber de qué lado del espectro onírico se sitúan. al revés que las paralelas, que acaban juntándose en un horizonte potencial, las utopías de los ciudadanos del mundo así dicho civilizado sólo se separarían de facto en un futuro inalcanzable.
lo cual (la diferencia y no –espero– mi planteo) parece una paparruchada pero no es moco de pavo: tener al Mal por necesario o por contingente implica una distancia dinámica que nos acabará esculpiendo así o asá los corazones. quiero decir que importa lo que soñamos despiertos, gente.
en los sueños de quienes se declaran de izquierda o simpatizan con ese campo tan vasto como indefinido, el Mal (no ya la maldad) tendería a acercarse a cero: en un mundo perfecto de izquierda, la reducción del Mal a la mínima potencia es condición y anhelo. no tendría sentido exigir a la gente notables sacrificios materiales a cambio de un bienestar general precario e incompleto; ya que soñamos, soñemos con todos los chiches. esa promesa de redención, que el capitalismo no ofrece (a pesar de lo que benjamin dixit, el capital no te condona la deuda ni muerto), parecería ser de índole religiosa. yo creo que no da para tanto, porque la fe para las posturas de izquierda no está arraigada en la idea de felicidad eterna sino en la de justicia distributiva, es decir, en la de un purgatorio autogestivo.
por contra, en las utopías de los individuos de derecha (ojo que no hablo de partidos sino de personas y seres) nunca, ni siquiera en las más benévolas, se prescinde del todo del Mal; aínda mais, casi podría decirse que el Mal forma parte de los requisitos para que la utopía se cumpla: no sólo es un componente imperecedero sino que, además, tiene un carácter instrumental. el paraíso del capital o sucedáneos en la tierra resultaría impensable sin un infierno que eche hulla en las calderas.
de tal manera, bastaría con preguntarle a cualesquiera sujetos sueltos por ahí cuáles son sus sueños sociales más luminosos y radicales para saber de qué lado del espectro onírico se sitúan. al revés que las paralelas, que acaban juntándose en un horizonte potencial, las utopías de los ciudadanos del mundo así dicho civilizado sólo se separarían de facto en un futuro inalcanzable.
lo cual (la diferencia y no –espero– mi planteo) parece una paparruchada pero no es moco de pavo: tener al Mal por necesario o por contingente implica una distancia dinámica que nos acabará esculpiendo así o asá los corazones. quiero decir que importa lo que soñamos despiertos, gente.
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