las series americanas y el fin de la realidad
ustedes sigan consumiendo series americanas. después no digan que nadie les avisó. por series americanas me refiero al género genérico, que engloba a todas las de septentrión: americanas, inglesas, suecas, incluso israelíes, mira lo que te digo. y las de los países meridionales que se sueñan del norte también. todas. en especial las buenas. las buenas son las peores. las mejores son el mal.
el artefacto no es inocente: ya lo dijo eme macluhan en la cola del cine. el problema está en el artefacto. el medio es el masaje. pero sigan, sigan comiéndoselas con ensalada de peplum y queso de cabra. miren series hasta que el orto del sol salga por doliente y se ponga accidente. miren series hasta que no haya un tu morro. miren series hasta que el cerebro semoviente se les esponje por comer ni pienso ni luego existo. miren series hasta que la tristeza los aloje en el jardín del desdén.
la serie es real y ficticia a la vez. la serie se parece tanto a la realidad que la realidad envidia lo real que es la ficción en las series. cuanto más símil reales, más las amamos. cuanto más críticas, crípticas, tópicas, más las amamos. cuanto más valientes, atrevidas, impactantes, más las amamos. no sólo nos exponen lo que es casi tal cual es; también nos proponen un método de análisis estético de lo real, un entretenimiento vital móvil, un no ser en nosotros. las serie nos hacen creer que ya hicimos lo que nunca haremos: poner freno a nuestra imbecilidad.
por qué podemos soportar con el estómago alegre que el partido en el gobierno haya hecho de la corrupción un microclima? por qué asistimos al achiclamiento del procès como si nuestras propias vidas fueran un chicle? por qué vemos caer personitas en siria como si fueran cheesitos en una fiesta light? por qué aceptamos que arrimadas nos lave la ropa con perlán? por qué no nos importa nada de nada?
hemos empezado a creer lo que querían que creyéramos: que hay una conciencia crítica fuera de nosotros. no la hay. tampoco (o muchos menos) en la ficción autobiográfica.
la conciencia pasiva nunca es crítica. es eso: spasiva.
el artefacto no es inocente: ya lo dijo eme macluhan en la cola del cine. el problema está en el artefacto. el medio es el masaje. pero sigan, sigan comiéndoselas con ensalada de peplum y queso de cabra. miren series hasta que el orto del sol salga por doliente y se ponga accidente. miren series hasta que no haya un tu morro. miren series hasta que el cerebro semoviente se les esponje por comer ni pienso ni luego existo. miren series hasta que la tristeza los aloje en el jardín del desdén.
la serie es real y ficticia a la vez. la serie se parece tanto a la realidad que la realidad envidia lo real que es la ficción en las series. cuanto más símil reales, más las amamos. cuanto más críticas, crípticas, tópicas, más las amamos. cuanto más valientes, atrevidas, impactantes, más las amamos. no sólo nos exponen lo que es casi tal cual es; también nos proponen un método de análisis estético de lo real, un entretenimiento vital móvil, un no ser en nosotros. las serie nos hacen creer que ya hicimos lo que nunca haremos: poner freno a nuestra imbecilidad.
por qué podemos soportar con el estómago alegre que el partido en el gobierno haya hecho de la corrupción un microclima? por qué asistimos al achiclamiento del procès como si nuestras propias vidas fueran un chicle? por qué vemos caer personitas en siria como si fueran cheesitos en una fiesta light? por qué aceptamos que arrimadas nos lave la ropa con perlán? por qué no nos importa nada de nada?
hemos empezado a creer lo que querían que creyéramos: que hay una conciencia crítica fuera de nosotros. no la hay. tampoco (o muchos menos) en la ficción autobiográfica.
la conciencia pasiva nunca es crítica. es eso: spasiva.
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