el ojo detrás del selfie: justicia tuerta y representación

un búfalo se separa de su rebaño y deambula por la sabana en busca de agua. a la vuelta de un sotobosque se le acercan unos cuantos cazadores, digamos que cinco, desprovistos de sus armas habituales. nosotros te guiamos hasta un abrevadero, bufalito, le dicen. de acuerdo, pero sin trucos raros, eh. pero hombre, bufalito, de qué trucos raros estás hablando? te acompañamos de pura onda. el búfalo está realmente sediento y da el ok; de todos modos, anda perdido y solo quizás tampoco habría sabido llegar a un río o un pozo. cuestión que va. probablemente no haya sido la mejor de las ocurrencias pero ya está harto de desconfiar de los hombres. al final, después de dar algunas vueltas, divisan en efecto, detrás de unos matorrales, una charca. el búfalo se alegra de haber tomado la decisión correcta y trota con más brío ahora en dirección al agua. pero pronto su algarabía troca en desazón: la charca es puro barro, ahí no queda ni gota de agua. agotado, se se tumba en el barro en busca de una mísera humedad.

los cazadores, al verlo ahí, indefenso, se le suben encima y lo inmovilizan. pero cómo, no éramos amigos? pregunta el mamífero artiodáctilo. lo éramos y lo somos, le contestan los cazadores, sentados encima de él. y como somos amigos y queremos celebrarlo, nos vamos a quedar con tus cuernos, que ninguna falta te hacen hoy en día, lo cual que, ya ves, más favor no podríamos hacerte. ahora te vas a estar quietecito mientras los serruchamos y después vamos a tomar algunas instantáneas de este momento de amistad tan especial entre especies. el búfalo no puede dar crédito a ojos, oídos y lomo, que se le parte por el peso. pero moverse le resulta imposible en ese fangal espeso. los cazadores, demostrando con su júbilo en cuánto valoran esa amistad, proceden a serrucharle los cuernos. el búfalo bufa, débilmente por la deshidratación, la fatiga, el peso; bufa con dolorida y ronca suavidad. los cazadores se enternecen: ya sabíamos, bufalito, que nos agradecerías el regalo que te estamos haciendo.

después se hacen fotos. en distintas posturas. algunas jocosas, otras histriónicas, otras más osadas. en alguna instantánea, algún cazador le apoya la bota cariñosamente en la nuca al bóvido, sin mala intención en absoluto. cuando ya tienen los cuernos en el morral y han terminado de registrar el acontecimiento, se bajan de su lomo y se van.

las fotos se hacen para mostrarse. así que esas fotos se muestran. en ellas se ve al búfalo sediento soportando el peso de cuatro (el quinto se turna para sacar las fotos) cazadores furtivos sobre el lomo. no se aprecia en ellas ni pizca de rechazo, molestia, desacuerdo o animadversión por parte del animal. según se miren, este incluso parece aceptar la presencia humana con benevolencia. cuando el búfalo por fin consigue salir del barrizal y denuncia, entre otras cosas, el expolio de sus cuernos, las pruebas que emplearán los jueces para demostrar su escasa resistencia al hecho serán las fotos colgadas en la cantina por los furtivos.

el registro de las iniquidades, desde la peor a la aparentemente más inocua, es más viejo que el hambre pero no que el hombre. las peores masacres están perfectamente registradas por sus perpetradores, a veces con obsesivo detalle. sin embargo, hay algo que se repite en todos los registros: el perpetrador, cuando aparece en las imágenes, lo hace dignificando sus atributos de identidad, a la vez que las víctimas se ven despojadas de la dignidad de sus señas individuales. y en general, esa representación es sincera: no olvidemos que los conquistadores españoles tardaron algún siglo en decidir si los indios que diezmaban tenían alma o no.

ese registro está siempre e insoslayablemente sesgado por la mirada de quien posee los medios para tomarlo. es el ojo del director, el corte del asador. nunca debería aceptarse como prueba de la presunción de nada. digo más: si algo prueba el selfie del cazador rampante sobre el animal abatido es que necesita casi más dejar constancia fehaciente de su proeza y sus superioridad que ejercerla plenamente o, dicho de otro modo, que matar el elefante no sirve de nada si no lo testimonia debidamente una foto, un cuadro, un poema épico, una muesca en el fusil.

que la mirada sesgada de quien está sospechado de felonía sea tenida por prueba objetiva en un juicio nos devuelve, en tanto sociedad, a épocas pre platónicas, cuando aún o se había planteado a fondo el tema de la representación de la realidad. curiosamente, es un tema del que apenas se habla.

alguien apretó hiperespacio y nos fuimos muy muy para atrás.

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