el virus, por edgar allan woe

Cierta medianoche aciaga, con la voz medio tomada,
Me preparaba una taza de infusión en el hogar
Y tosía, enfebrecido, cuando rechinó un postigo,
Como si alguien, con sigilo, golpeara mi portal.
“Es –me dije– un visitante que golpea mi portal;
            Sólo eso y nada más”.

¡Ah, me acuerdo con denuedo de aquel lóbrego febrero!
Cada estornudo en el suelo dejaba un rastro espectral.
Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma
Ni con un ibuprofeno ni con un antigripal,
Ni bebiéndome una mezcla para mi estado gripal
            De limón, miel y cognac.

Con el frío, mis anginas, purpurinas y agresivas,
Me obstruían tantas vías en el espacio bucal
Que, por sosegar mi pecho, repetí muy circunspecto:
“Es tan solo un visitante que ha llegado a mi portal;
Un tardío visitante que me aguarda en el portal.
            Será eso, nada más”.

Pero en vez de convencerme, acuciado por la fiebre,
“Caballero –dije– o ente, me tendrá que disculpar,
Pues me hacía un té de tilo cuando un son me puso en vilo,
Y tan leve fue el rasguido que ha sonado en mi portal
Que dudé de haberlo oído...” y aquí raudo abrí el portal:
            Sombras, noche y nada más.

Escruté la noche oscura, temeroso, envuelto en dudas,
Y soñé sueños que nadie nunca osó soñar jamás;
Pero nada, ni un rumor, alteró el silencio atroz
Salvo el ruido de mis fuelles al tratar de respirar;
Un susurro agudo y fuerte como un pito al respirar.
            Eso sólo y nada más.

Aunque mi alma ardía por dentro, regresé a mis aposentos
Pero pronto aquel rasguido se volvió más pertinaz.
“Esta vez, quien sea que llama se ha llegado a mi ventana;
Veré, pues, qué es lo que trama, qué misterio habrá detrás.
Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.
            ¡Es el viento y nada más!”

Abrí entonces la persiana y me acarició la cara
Una ráfaga plagada de gotitas de humedad
Que después se metió adentro como por su casa Pedro
Y al final de un breve vuelo fue a posarse en el umbral,
En un calendario viejo que hay encima de mi umbral;
             Fue, posóse y nada más.

En las gotas, al posarse, percibí un bichejo infame
Que, además de saludarme, sonreía con maldad.
“La corona y el tamaño no te impiden ser osado,
Diminuto bicharrajo, ¿qué has venido a hacer acá?
¿Con qué nombre te conocen? ¿Y tu casa dondé está?”
            Dijo el íncubo: “En Wuhan”.

Me asusté: la cosa inmunda se expresaba con soltura
Y además de no ser muda provenía de ultramar,
Pues acordarán conmigo que muy pocos han tenido
Ocasión de ver cernido en las sombras del umbral
Un microbio malnacido que no llega ni a animal
            Y que encima sabe hablar.

La soltura de ese bicho petulante y agresivo
Resultaban divertidos y empecé a simpatizar.
Por un rato la criatura no añadió palabra alguna
Hasta que expresé mis dudas: “Vi a otros amigos volar;
Tú también, por la mañana, como mi fiebre, te irás”.
            Dijo entonces: “Nunca más”.

Esa frase tan certera puso en guardia mi mollera;
“Sin duda –dije– contesta lo que ha podido acopiar
En algún laboratorio o en el puesto de algún zoco
De especímenes exóticos de algún distrito oriental;
Y que el pobre, como un loro de algún mercado oriental,
            Va y replica donde va.

Quise saber qué escondía en la corona de espinas
Y me encaramé a una silla para llegar al umbral.
A pesar de que temblaba, extendí una mano helada
Para ver qué maliciaba aquel engendro del mal,
Aquel pedazo de nada, aquel cero decimal
            Al repetir “Nunca más”.

Cuando yo acerqué mi cara, macilenta y afiebrada,
Me miró de mala gana y escupió un humor viral;
Me retiré de inmediato y me froté sin pensarlo
Ojos, frente, boca y manos con un asco secular,
¡Y en sus labios invisibles se podía vislumbrar
            Una sonrisa mordaz!

Sentí el aire más cargado, cual si ardiera un incensario,
Y alcancé a empapar un trapo en mucho alcohol de quemar.
“¡Innoble! –me dije– ¡Mira! No sabías que tenías
En tu alacena la mirra que esa peste va a limpiar.
¡Echa, echa varios litros y tal vez te limpiará!”
            Dijo el virus: “Nunca más”.

“¡Profeta –dije–, villano; vil profeta, bicho aciago!
¿Y ahora qué me has contagiado que no puedo respirar?
No tengo olfato ni gusto, solo un cansancio profundo,
Todo me resulta insulso… ¡Te lo ruego, dime ya,
Dime, te imploro, si existe curación para este mal!”
            Dijo el virus: “Nunca más”.

“¡Profeta –dije–, villano; vil profeta, bicho aciago!
Dile a este alma sin descanso qué sustancia he de tomar
Y si existe algún remedio contra el mal que hay en mi cuerpo.
“No podrás ni dar paseos, ni ir al cine, al parque, al bar;
En tu casa todo el día sin salir te has de quedar.
            ¡Y no salgas nunca más!”

“¡La corona se te arranque”, proferí, “demonio errante!”
“¡Maldigo todas tus partes! ¡Vuelve al mercado oriental!
¡No dejes resto de espuma en superficie ninguna!
¡No queremos tu basura! ¡Sal de arriba del portal!
¡Quita el fuego de mi pecho y tu sombra del portal!”
            Dijo el virus: “Nunca más”.

Y ahora el virus, sin moverse, aún se cierne, ¡aún se cierne!,
En el calendario inerte que corona mi zaguán;
Y sus ojos asemejan los de un demonio que sueña,
Y su sombra me atormenta sin respiro ni piedad;
Y mi alma, de esa sombra que la embota sin piedad,
            ¡no se va a librar jamás!

Comentarios

Entradas populares