síndrome di merda
brevemente. hoy es 24 de marzo, triste aniversario del golpe, y eso me puso a pensar en cautiverios. si algo seguro generan, aparte de angustia, desorientación, impotencia, fragilidad, es ese lento, paulatino e imparable doble vínculo enfermizo con el cautivador, llámese como se llame, milico hijueputa, violador, estado-nación o virus con corona. a uno lo van metiendo para dentro, lo van invaginando, aplastando hacia las vísceras, con redes virtuales o sin ellas y, a veces, gracias a ellas, y no le queda otra que ir redecorando las nuevas paredes de su vida. es una tarea silenciosa pero apasionada, porque a uno lo dominan o rondan muchas pasiones a la vez.
de pronto, todo lo grande es pequeño y lo pequeño, grande. todos somos monjes zen, todos samurais en busca de víveres legendarios, todos samaritanos de discurso noble y sedoso, todos estudiosos de la biología, la economía, la antropología, el aburrimiento. de pronto la vida cobra un sentido terrible pero vibrante. de pronto distinguimos un faro lejano en la neblina y se nos abre un menú de opciones heroicas. de pronto el infinito se acota cada vez más. cada acto de higiene es un alunizaje; cada vecino, un astronauta.
de ahí que me pregunte qué va a pasar con quienes sigamos acá cuando nos abran las jaulas. querremos salir? sabremos cómo ocupar los huecos que dejamos? abandonaremos el psiquismo interior, ahora que lo habíamos decorado con tanto esmero? no nos hará daño el aire que nuestra ausencia ha ido purificando? soportaremos la realidad real, como ciegos a los que de pronto se les concede el don de la vista? cómo nos despojaremos de esa argamasa de miedo, sumisión y falta de culpa en la que nos habíamos acostumbrado a vivir a nuestras angostas anchas?
por una vez se nos ha exonerado de toda culpa. pero no de castigo. peligrosa mezcla para unos bípedos atolondrados como nosotros.
de pronto, todo lo grande es pequeño y lo pequeño, grande. todos somos monjes zen, todos samurais en busca de víveres legendarios, todos samaritanos de discurso noble y sedoso, todos estudiosos de la biología, la economía, la antropología, el aburrimiento. de pronto la vida cobra un sentido terrible pero vibrante. de pronto distinguimos un faro lejano en la neblina y se nos abre un menú de opciones heroicas. de pronto el infinito se acota cada vez más. cada acto de higiene es un alunizaje; cada vecino, un astronauta.
de ahí que me pregunte qué va a pasar con quienes sigamos acá cuando nos abran las jaulas. querremos salir? sabremos cómo ocupar los huecos que dejamos? abandonaremos el psiquismo interior, ahora que lo habíamos decorado con tanto esmero? no nos hará daño el aire que nuestra ausencia ha ido purificando? soportaremos la realidad real, como ciegos a los que de pronto se les concede el don de la vista? cómo nos despojaremos de esa argamasa de miedo, sumisión y falta de culpa en la que nos habíamos acostumbrado a vivir a nuestras angostas anchas?
por una vez se nos ha exonerado de toda culpa. pero no de castigo. peligrosa mezcla para unos bípedos atolondrados como nosotros.
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